Agosto. El último mes de mi estancia en Londres. Me encanta el periodo estival londinense. Tomar pintas en las terrazas, echar un partido de futbol sobre césped o simplemente tumbarte a la bartola dándote un baño de sol.
Es un periodo en el que mucha gente se vuelve a casa pero también es cuando mucha gente aprovecha para venirse a Londres y hacer que estudian ingles.

Para ser sincero, yo no había aprendido mucho, es lo que pasa cuando te juntas con españoles, pero para el trabajo que desempeñaba poniendo pintas en el Bonaparte y para el día a día tenia suficiente. Era el último mes y lo quería aprovechar.

Muchos días me tocaba cerrar el Bonaparte y mientras recogíamos solía meterme detrás de la barra y con ayuda de un libro, preparaba unos cócteles para los compañeros. Luego, al volver a la residencia siempre había algo. Cervezas y gente nueva recién llegada, grupos que se formaban de todas las nacionalidades, parejitas que surgían…

También quedaba con Jose de vez en cuando. La última vez fue en la fiesta de despedida de “los franceses”. Estos eran unos compañeros de Paul, el amigo de Jose que trabajaba en la City y estos franceses (niñatos con más pasta que Buitoni), habían terminado el proyecto o lo que fuera que hiciesen y se volvían a Francia. De despedida hicieron una fiesta en su piso (que pagaba la empresa, claro) en la calle Victoria Grove en Kensington, en una zona muy tranquila de casas bajitas.

Volví a encontrarme con Arancha, el Vicen y su mujer y el resto. Vicente estaba trabajando en un restaurante ¡de camarero!. Lo cual quiere decir que no hay excusas a la hora de encontrar empleo. Si el Vicen lo consiguió cualquiera puede. La golfilla de Marta, su mujer, se había olvidado de Jose y aquel desliz del pasado parecía que no saldría a la luz. Jose mantendría la cabeza sobre los hombros y Vicente… bueno, Vicente siempre podría servir de perchero… (Pero que no se enterase)

En la fiesta, para variar, la cosa se desmadró. Gran parte de la culpa la tuvieron los propios franceses que no es que no pusiesen orden es que les daba todo igual… al final el piso mega pijo de los gabachos acabó hecho unos zorros. Adiós fianza y adiós sofá pues accidentalmente uno de los brazos se quemó y hubo que apagarlo antes de que ardiese toda la casa. Se quedó un pestazo a quemado intenso y el sofá, que todavía servia para sentarse pero no para devolverlo como nuevo, lo arrojaron por el balcón… yo flipaba y reconozco que se pasaron tres pueblos, pensaba “esto no puede acabar bien…” y efectivamente, alguien aviso a la policía…

Unos tiraban las sustancias que tenían al WC, otros apuraban los porros a marchas forzadas casi quemándose los dedillos (que decían que ellos no tiraban el peta…) y los franceses que no querían abrir a la poli… al final cedieron y la poli subió, no hubo registros ni nada, disolvieron a la concurrencia para que todo el mundo se marchase. Solo querían hablar con los que vivían en la casa. Insensatos…

Pero hubo situaciones mucho más agradables. Un día que estaba ayudando a Cata a hacer una tortilla de patatas. En los fogones de al lado había unos tres o cuatro estadounidenses cocinándose algo. Formaban parte de un grupo muy numeroso que había venido en verano a Europa. Comenzamos a hablar, que si de donde sois, que si habéis venido a mejorar el ingles… (esto se lo dije yo a ellos pues los norteamericanos son tan guays que ni vocalizan y yo creo que ni se entienden pero que hacen como que si…) en fin, que para cuando acabamos la tortilla nos dio noseque no darles aprobar y a los yanquis les encantó. Terminamos compartiendo la comida entre todos y se me ocurrió una idea para hacer algo diferente.

Les propuse que podíamos celebrar conjuntamente nuestras fiestas nacionales para unir lazos y entablar relaciones, aunque las fechas no coincidiesen eso era lo de menos, nosotros podíamos celebrar el día de la Hispanidad y ellos el día de la marmota… no entendieron la gracia y me aclaraban que su fiesta era el 4 de julio… “Ah, el mismo día que el cumpleaños de Tom Cruise…” me miraban con cara rara como diciendo “¿pero que dice este tío?” cuando tienes que explicar el chiste pierde la gracia…

Les pareció bien, cogi a Cata que hablaba ingles como los soles y siempre ayuda que una niña ponga carita de buena… y me fui a hablar con el manager ya que por la cantidad de gente que podríamos ser en una habitación no cabríamos y necesitaríamos el living room.
El manager no quería líos ni fiestas en las zonas comunes pero le aseguré que no era una fiesta y que si lo deseaba podía estar presente en todo momento.
La idea inicial se modifico un poquito y al final quedo en que los españoles cocinásemos algo típico para que los residentes lo probasen. Tras negociar el asunto conseguí el permiso pero todo debía terminar y estar recogido antes de las diez.

Con el permiso concedido pegamos unos carteles anunciando el evento y las normas e hicimos una colecta para comprar la materia prima. A cinco libras por barba conseguimos casi 300. Con eso teníamos para muchas patatas, huevos y vino.
El día de la tortillada pusimos unas mesas en el living room con manteles de papel, y platos, vasos y cubiertos de plástico que compramos.
En la cocina todos querían colaborar, los que no tenían ni idea pelaban patatas y picaban cebollas. Las chicas españolas dirigían el cotarro y se curraron unas diez tortillas, unas con cebolla, otras sin, unas con chorizo, otras con pimientos… y unas salieron mejor y otras menos mejor pero no sobro ni una.

Yo me encargue de la sangría. Conseguimos unos recipientes de plástico grandes y con el flaco y Carlos preparamos la bebida.
Cada uno elabora la sangría a su modo, os diré como la hago yo. Por cada litro de tintorro un litro y medio de Fanta de limón, azúcar al gusto, un melocotón picado, un chorro generoso de ron, vodka o cointreau y un poco de canela en polvo. Se mezcla bien con hielos y te puedes beber dos litros sin enterarte.

La tortillada fue un éxito. No solo vinieron americanos, también había italianos, franceses, alemanes y a todo el que se acercaba, aunque no hubiera colaborado se le ofrecía cata y prueba. Pusimos música española y por un momento aquella pequeña torre de Babel que era la residencia, fue lo mas parecido a una fiesta popular de un pueblo español. Nos falto Paquito el chocolatero para rematar pero no disponíamos de ese gran clásico.

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