Belsize House
Cargadito de maletas y trastos varios me personé antes de las 9 de la mañana del 17 de marzo en la residencia Belsize House.
En recepción me presenté como el nuevo ayudante de cocina y me acompañaron al despacho del manager. El manager era un ingles cincuentón odioso y estricto al que todo el mundo llamaba Mr Jinkly, no en su cara pero si entre la plantilla y los residentes.
Mr. Jinkly me dio una fría bienvenida y tras firmar unos documentos nos dirigimos a la que sería mi habitación para que dejase las cosas.
La habitación era rectangular y muy estrecha. Al fondo estaba la ventana pero no se veía la calle. Para verla había que sacar la cabeza y mirar para arriba pues la habitación estaba por debajo del nivel del suelo.
Como era estrecha, en lugar de dos camas, había una litera. Iba a compartir el zulo con el kitchen porter, un alemán un poco mayor que yo, quizá 26, que se llamaba Eric.
Con él no tuve mucho trato pues en el trabajo teníamos horarios diferentes y cuando estábamos libres cada uno tenía su grupo de amistades.
El resto del staff eran dos francesas que servían los desayunos y las cenas y Oliver, también francés, cocinero de verdad y mi jefe directo.
El tal Oliver era un elemento de cuidado. Por medio de su oficio, a sus 35 años, se había recorrido gran parte del mundo. El anterior trabajo que tuvo fue de cocinero en un yate de lujo de unos ricachones compatriotas suyos que iban de crucero por el caribe de isla en isla.
Según me contó, tuvo un affaire (muy franceses ellos…) con la mujer del ricachón pero las cosas se torcieron. Entonces, antes de que el marido se enterase y lo echasen por la borda, en el primer puerto al que arribaron cogió una bolsa grande de basura y metió toda su ropa y pertenencias, dijo al resto de la tripulación que iba a tirar la basura y a mandar unas postales.
Se monto en un taxi y derechito al aeropuerto. Buscó el vuelo mas barato con destino a cualquier país de la unión europea y resulto ser el de Londres.
Al aterrizar entre que tenía el pelo rapado y un tatuaje encima de la nuca y que su bolsa de viaje era una bolsa de basura le hicieron el correspondiente registro por las pintas de sospechoso que tenia. A raíz del gasto del billete se quedo sin blanca y encontró el puesto de cocinero en la residencia.
Ahí pensaba estar hasta que le diese otra ventolera y se largase a otro lugar…
Las dos francesas compartían habitación y el cocinero, aparte de cobrar más, tenia para él una individual.
El sueldo no daba para extras, eran 45 libras a la semana, pero me quitaba de alquileres, compras, bills… y con las 25000 peseticas que me ingresaba mi abuela me daría para vivir. Además, tenía pensado que mis padres me enviasen alguna caja con tabaco ahora que volvía a tener posibles compradores. No pintaba mal.
Mi horario era de 4 de la tarde a las 9 que acababa la cena y dos veces a la semana por las mañanas, cuando hacían el reparto, tenía que recoger las cajas de comida y colocarlas en el almacén.
En la cocina me encargaba de preparar más de cien ensaladas individuales, o más de cien postres o más de cien de lo que fuese, pelar sacos de patatas (en máquina) y luego cortarlas para freír (ayudado por una máquina manual), no era difícil pero si un poco cansado. El peor día era cuando libraba el cocinero, ¿alguien imagina quien cocinaba para más de cien personas…? Pues sí, al ayudante de cocina le caía el marrón.
Por tanto, si alguno lee esto y vive en alguna residencia en la que den comida, si en ocasiones no esta muy buena pensad quien puede estar dentro cocinándola y valorad su buena intención, que lo mismo es un tipo con la misma experiencia y conocimientos que tenia yo…
En la nueva residencia enseguida comencé a conocer gente. Como ya llevaba un tiempo en Londres, seis meses en determinados ambientes es un tiempo considerable, en la residencia tenía más experiencia que la mayoría de los residentes.
Quiero decir que normalmente los aventureros que van con intención de permanecer unos meses comienzan su estancia en residencias y luego se mudan a un piso, eso me daba cierta ventaja, pero esta vez no iba a hacer más tonterías.
Esta nueva etapa intentaría que fuese más relajada que la anterior. Necesitaba un periodo un poco más tranquilo, sin la tensión de los hurtos y sin los recientes problemas de convivencia.
Dentro de mi grupo más cercano de amigos también hubo algunos cambios empezando por Fran y Andrés que se volvieron a España y Tania que se quedo en un piso hasta que Andrés volviera.
Arturo y el Pifa desaparecieron y aunque a menudo hable con ellos por teléfono en Londres no volvimos a vernos.
En el 97 muchos londinenses ya disponían de teléfono móvil pero todavía resultaba caro y no era algo a lo que los españoles estuviésemos muy habituados, nosotros nos defendíamos con la telefonía fija. Hablando de telefonía fija…
Cuando me fui del piso “accidentalmente” se me cayó un juego de llaves al bolsillo. Como una semana después de haberme marchado, un día, al terminar mi jornada a las nueve, volví al piso a ver si podía hablar por teléfono o lo habían cortado ya.
Cuando llegué llamé al telefonillo para asegurarme que no había nadie. Como la casa seguía vacía entre sin problemas con la llave que tenía y tras un vistazo por si me había dejado algo me fui a llamar. El teléfono estaba en la que fue mi habitación, al fondo del pasillo. Para ser mas discreto apagué todas las luces para que desde la calle nadie viese que alguien andaba dentro, me refiero al indio de la tienda de abajo que como nos fuimos sin avisar en teoría todavía vivíamos allí y en teoría debíamos tres semanas de alquiler.
Cuando ya tenía todo dispuesto me pongo a hablar. Después de un rato y cuando mas tranquilo estaba de risas con el Pifa, alguien llama al telefonillo. Pegue un salto de la cama del susto. Espero… y vuelven a llamar. Le digo al Pifa lo que esta pasando, ¿Quién podría llamar a las diez y media de la noche?
Escrita el 29 de
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