De todas formas, aunque ya lo tenia todo más o menos bien atado con el billete comprado, el diccionario guardado y un plan, al que todavía le quedaban algunos flecos sueltos en cuanto a alojamiento y trabajo, creí conveniente avisar a Pedro, un vecino de la torre de enfrente que había llegado hacia poco de Londres para que me orientase y allanase el camino con su experiencia.

Yo no quería ser muy pesado y tampoco parecer tonto o inseguro por lo que no profundizamos en exceso y más que darme indicaciones, direcciones, sugerencias y consejos de interés me contó algunas de sus aventuras con algunas tías de por allí y con los colegas que había hecho.

Me dijo que encontrar trabajo y alojamiento era facilísimo, vamos que casi te lo ofrecen por la calle y que lo más difícil es encontrar academia de ingles por lo que me dio la dirección en la que el había estado y que le fue bien.
Los cursos eran trimestrales y empezaban cada día 15, así es que no podía perder tiempo. Si llegaba el 12 tendría que apuntarme nada mas llegar. Buen consejo, tío!!

Como el trabajo era fácil de encontrar y el alojamiento también, ya estaba todo hecho… de cómo encontrar ese trabajo, trabajar durante una semana para poder cobrar, ahorrar para pagar el deposito del alquiler, pagar la comida, el transporte y demás detalles sin importancia no se hablo pero de la dirección de la academia si…, que era lo mas importante!

Pasé un buen rato hablando con Pedro y la narración de sus aventuras me insufló el ánimo necesario para emprender las mías propias. Además como le había dicho en una ocasión a mi hermana “a partir de ahora solo quiero hacer cosas divertidas” y las aventuras ya se saben que son divertidas.

A un par de días para partir comencé a hacer la maleta. Me gustaba ir informal pero elegante. La verdad es que con el paso del tiempo la tendencia fue tirando un poco más hacia lo informal y lo de elegante quedó colgado en un armario en forma de pantalones de pinzas.
No me iban a faltar los vaqueros, dos, que mientras unos se lavaban y secaban algo habría que ponerse y no iban a ser esos ridículos pantalones de pinzas. Jerseys, camisetas, dos camisas, calzoncillos, calcetines gorditos y una cazadora de pana marrón con borreguito por dentro.

Si me faltaba algo bien podría comprarlo allí pues me habían hablado de un sitio que se llamaba Camden Town donde, al parecer, la ropa iba barata y las chupas de cuero tiradas. Me daría un paseo por allí…

Ya lo tenía casi todo, un rápido recuento a mis pertenencias y a comprobar el saldo disponible de mi visa-electrón: 27.500 pesetas. “Un poco justito para empezar pero bueno” pensé yo.
Por suerte, mis padres pensaron que una cosa era dejarme marchar y otra dejarme morir en la indigencia por lo que insistieron hasta doblegar mi tenaz resistencia y accedí para que me diesen otras 75.000.
Por otro lado, mi abuela insistió en ingresarme mensualmente 25.000 pelas que yo creía que no serian necesarias, o al menos, no vitales…

Día 12 de septiembre. El viaje.

El día anterior fui a despedirme de mi abuela a su casa para que no fuésemos demasiados al aeropuerto. Como me iba un año se consideraba imprescindible una despedida como debe ser, todos al aeropuerto y si fuese posible a pie de pista.

La visita a mi abuela no fue mal, Salí “merendao”, con un montón de buenos consejos, con la obligación prometida de llamar por teléfono de vez en cuando, una bufanda y, como no, un pellizquito de dinero que tratándose de una abuela y para no quitarle la ilusión acepte con movimientos de cabeza y un “bueno, si te empeñas…” besos, achuchones y algún ultimo consejo de esos tan importantes que no podía olvidar.

Pero eso fue el 11 porque el día 12 a las 13:00 horas estaba en Barajas preparado para otra despedida.
Nos plantamos mis padres y hermanos con tiempo suficiente, pues el avión no partía hasta las 15:00, pero más valía ser prudente. Buscamos nuestro mostrador de facturación y cuando lo tuvimos a la vista nos sentamos a turnos en un banco próximo.

-¿Quieres que te compre una revista para el viaje?- Pregunto mi madre.
- No, gracias, en el avión habrá algún periódico.- Respondí (y es que antes en los aviones había periódicos, te cabían las piernas y te daban siempre de comer aunque fueses en turista, podías llevar agua y hasta la zona de cola era de fumadores…)
Además con los nervios tampoco podía leer. Y así iban pasando los minutos, entre las últimas sugerencias maternales y las bromas de mis hermanos, hasta que llego el momento de ponerse a la fila.
Serían las dos, más o menos, con diez personas delante en el mostrador de Iberia esperando mi turno cuando empiezo a pensar y a recordar donde he puesto mi neceser. Tan cargadito que lo tenía con sus colonias recién compradas, maquinillas de afeitar, cepillo de dientes, cortaúñas, en definitiva, un montón de cosas de primera necesidad que si no me las llevaba las tendría que comprar allí y prefería gastar dinero en algo que no tuviese antas que en algo que tenía pero que dejaba atrás.

Me vino como una imagen fulgurante. Lo había dejado junto al lavabo precisamente para no olvidarlo y al salir cogí las bolsas, la cazadora y demás trastos dejando el neceser. Rebusque en la bolsa de viaje y en la mochila pero nada, definitivamente me lo había olvidado.

Como no vivíamos demasiado lejos del aeropuerto y todavía quedaba una hora, mi padre se ofreció.
- Me acerco a casa y te lo traigo y si no da tiempo pues te marchas y ya lo compraras allí.- La idea no me parecía mala pero ya lo daba por perdido.
- Bueno, vale. Estaremos aquí hasta y media, luego me voy- le comente- y ya que vas coge la bufanda de la yaya que creo que me la dejé junto a la mesilla.

Nos medio despedimos por si acaso y se marchó con mi hermano Raúl que no paraba de repetir “que se compre otro y se espabile, pues empezamos bien…!” y me ponía un poco mas nervioso.

Me quedé con mi madre y mi hermana esperando mientras ellos se iban a buscar el neceser. Bueno, era solo una pequeña contrariedad, nada que no se pudiese arreglar, peor hubiese sido olvidar…, que se yo, el billete de avión. ¡¡Noooooo!!!! Me cachee a mi mismo sin poder creérmelo, el billete simplemente no estaba. Y de pronto otro flash, sobre la mesita del salón, encima del tapete de ganchillo junto a la figurita de porcelana del herrero. ¡La madre que me parió!!, ahora sí tenía un problema.

Antes ya comenté la diferencia que había con hoy en día en cuanto a Internet, pues bien, algo parecido ocurría con los teléfonos móviles. No es que fuesen los pioneros maletines de antaño, más bien eran del tamaño de un zapato, pero nadie en su sano juicio que no quisiese ser tachado de snob lo tenía.
Además, como no lo tenia nadie, ¿para que lo querías tu?. Nos conformábamos con el fijo de casa y punto.

Había varias opciones. Podía llamar a casa hasta que entrasen y les dijese lo del billete pero como imaginaba que tampoco iban a salir picando rueda por mi neceser supuse que para cuando quisiesen volver ya sería tarde.
Podría darme por vencido y cuando volviesen, volver a casa, comprar otro billete y empezar de nuevo o podía dejar las maletas con mi madre y hermana, correr por el aeropuerto como un loco hacia el parking, localizar a mi hermano en la lejanía entre los coches desde lo alto de unas escaleras como a 200 metros, gritar su nombre como si me fuese la vida en ello, lograr que me escuchase él y medio Barajas, correr otra vez, alcanzarlos, explicarles el tema, ir al coche y aguantar a mi hermano todo el camino de ida y la mitad del de vuelta repitiendo lo tonto que soy.
Esta última opción me parecía la más coherente.

Mi padre conducía poniendo todo su interés en intentar llegar lo antes posible y, a la vez, me animaba a su manera:
- No te preocupes, el avión ya esta perdido, se compra otro billete y te vas otro día.

Esperaba que no tuviese razón y por suerte así fue. A las 14:35, no se ni como, aceptaron poner mi maleta en la cinta esa que se las lleva y tu te quedas con la sensación de si la volverás a ver o no.
Le señorita muy amable me indicó la puerta de embarque y un “pero dese prisa que no tiene mucho tiempo”, al darme la vuelta vi a mi familia con pinta de foto de Navidad dispuestos para la despedida Express, y tras esto, otra vez a la carrera.

Llegue el último a la puerta de embarque con el tiempo justo para que se cerrara detrás de mí. Ya podía relajarme. Una vez sentado en el sillón de clase turista pensaba “¿Será buena o mala suerte lo que acababa de pasar?” Claro está que empezó mal y casi me quedo en tierra, por otro lado, gracias a mi voluntad y piernas para la carrera todo terminó bien.
¿Sería un presagio de cómo me irían las cosas?, ¿Sería todo a la carrera, trastabillado y librando por los pelos? Si al final terminaba bien tampoco había que preocuparse, en peores nos habíamos visto.

Pensando estas y otras cosas se fueron recorriendo los 2000 kilómetros que separan Madrid de Londres en poco más de una hora y media. Por lo tanto, si habíamos salido a las tres y llegamos a las cuatro y media que con los picos son las cinco, menos una hora por la diferencia horaria, volvían a ser las cuatro de la tarde por lo que me quedaba tiempo suficiente para buscar alojamiento.

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