Apenas llevaba un mes en Londres cuando todas las alarmas económicas saltaron.
El poco dinero que había traído de España se agoto. Trabajar cinco horas al día no era suficiente, sobre todo si tenemos en cuenta que cobraba 3 libras la hora. Pero ganando 75 a la semana era imposible.
Solo la residencia eran 66 libras y el travelcard otras 12, ya eran 78.
En el desayuno comía todo lo que podía pero los cereales y tostadas día tras día tampoco daban para mucho y hasta las ocho que cenábamos no aguantaba.

Mientras repartía publicidad comía algunas galletas de esas que son como las digestive pero con tropezones de chocolate y cuando terminaba, a eso de las tres, no tenia dinero para comprar algo ya hecho, una hamburguesa o algo así y todos los días sándwich fríos con el embutido mas barato… necesitaba algo calentito…

Lo que hice fue comprar unas latas de baked beans con salchichas (mejor no saber de que…) de las economy en el súper.
Como en la residencia no había un triste microondas me las tuve que ingeniar.
Adquirí unas velas y las juntaba de tres en tres, las encendía y colocaba sobre esas llamitas la lata de judías.
Entonces con una cuchara que había tomado prestada del comedor iba dando vueltas hasta que se calentaba y con un vasito de agua y pan de molde (también del economy) me zampaba en mi habitación las judías.
Luego recogía la hoja de periódico que hacia las veces de mantel, le hacia una bola y a la basura. Solo tenia que fregar un vaso y una cuchara.

Y la verdad es que no gastaba mucho en salir. Cuando acudía a fiestas o nos quedábamos en la residencia solo bebía cerveza en lata y para ahorrar mas, las cervezas, siempre que podía, las compraba en un Sainsbury o Tesco y por la tarde las ponía a enfriar en el alfeizar de la ventana y si íbamos a un pub solo tomaba una o dos pintas.
En ocasiones, pocas, pero he de reconocer que sí lo hice, si el bar estaba bastante lleno, como suelen estar los viernes y los sábados, si veía alguna pinta a medias y su dueño se descuidaba… pues eso, me la agenciaba.
Ya se que no es muy ético y, por supuesto, nada higiénico pero nunca dije que fuese un santo…

Pero no había forma.
Tenia gastos ineludibles como la lavandería, el detergente, sellos y sobres, productos de higiene que se iban acabando, un café con alguien… cualquier cosa.
Menos mal que al menos en las llamadas a España no gastaba un penique…

Hace 13 años no existía el Skype y para las llamadas internacionales teníamos otras opciones, nosotros las llamábamos:

- La del “pelao”, también conocida como cobro revertido, o sea, que pagaban tus padres lo que daba una imagen de no tener ni para llamar, o lo que es lo mismo, estabas “pelao”.

- La de “las prisas”, esta era cuando llamabas desde un locutorio o desde una cabina y tenias que contar todo muy rápido antes de que se acabase el dinero.

- Por ultimo teníamos la de “por la pati”, que no era muy ortodoxo pero al menos era gratis.

A mi me lo explicó una de las andaluzas y ella y su grupo y media residencia, al igual que la mitad de los españoles de aquella época, la usaban.
El “truco” no funcionaba en todas las cabinas, solo en las más antiguas y poco a poco las iban eliminando.
Los que usábamos el truco teníamos localizadas dichas cabinas y cada vez que cambiaban una por otra más moderna nos veíamos obligados a desplazarnos mas lejos para seguir llamando “por la pati”.

Una de las últimas que use estaba en una residencia de universitarios cerca de la estación de Euston. Allí se alojaba Salva. Salva era valenciano y me lo presento la única amiga que tenia, una catalana que vivía en la Holland y que ya se marchaba. Como yo salía bastante pensó que seria bueno que nos conociésemos.

La verdad es que Salva era un tipo bastante majo y un coco. Le había concedido un banco una beca a él y a otros cuatro más, a cada uno en su especialidad, por tener los cinco mejores expedientes académicos de la Comunidad Valenciana. Él estudiaba algo de las Antiguas Civilizaciones centrado en Egipto y Mesopotamia… y, aparte de no pagar el curso, tenía un dinero para el alojamiento y otro para gastos.

Una de las veces que quedamos le explique lo de llamar por la pati y como en su residencia había una de esas cabinas lo empezó a usar.
Pues no creáis que sus compañeros ingleses le imitaban cuando descubrieron lo que hacia, no. Según me dijo ellos no lo hacían porque lo consideraban robar. ¿Robar a la BT…? Y es que hay cosas para la que los ingleses son muy miraos…

Bueno, el truco funcionaba de la siguiente manera:
Metías un pound en la cabina y te daba señal, entonces marcabas un código que ya no recuerdo exactamente pero era algo así 0044001 y a continuación el 003491…etc, mas o menos unos 20 números (que con la práctica los marcábamos en cuatro segundos) y cuando al otro lado de la línea descolgaban en la pantallita de tu aparato se iba viendo el tiempo que quedaba (mas o menos en función de la hora del día) y justo antes de que llegase a cero colgabas y te devolvía el pound. Entonces repetías la jugada.

Era una risa y también un poco coñazo porque en mitad de la conversación, en cuanto estaba a punto de llegar a cero gritabas “¡cuelgo!” y colgabas rápido, recogías la moneda y, después de marcar, continuabas la conversación como si nada hasta el siguiente “¡cuelgo!”.

Este sistema me ahorro un buen dinero.

Por desgracia a los 23 años fumaba, el tabaco que había traído de España se había acabado y cada paquete que compraba era como una puñalada en el corazón.

En la peluquería pregunte si me podían ampliar el horario pero me dijeron que no y no insistí.
Si hay una cosa que siempre he tenido clara es que hay que ser humilde y que cualquier trabajo es digno pero siempre y cuando mantengas la propia dignidad. Se mira a los ojos y con una sonrisa se dice “bien, no hay problema” aunque por dentro te queme la desesperación y te caigan lágrimas de impotencia.

Tenia que encontrar otro trabajo.
Lo malo era que hasta que lo encontrase y me pagasen pasaría un tiempo.
No tuve mas remedio que hacer la llamada que ninguno queremos hacer. Mis padres habían pensado que debían ingresarme algo al mes en la cuenta pero ahí si que me negué.
Ahora debía reconocer que ese dinero, no es que me viniese bien, es que lo necesitaba para comer. A ellos no le iba a decir esto, no por vergüenza o por orgullo sino para que no se preocupasen.
Les dije lo caro que estaba todo y que iba un poco justo, entonces volvieron a ofrecerme el dinero y ahí ya con un “bueno, venga…” volví a tener un poquito de dinero en la cuenta pero me sentía un fraude, un vividor sin provecho y decidí que solo usaría ese dinero en algún periodo de necesidad.

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