En Londres, sobre todo al principio, solía ir cargado con una mochila a la espalda. En realidad estaba prácticamente vacía, solo llevaba un diccionario y un paquete de galletas. La llevaba porque como empecé repartiendo publicidad necesitaba un sitio donde guardar los flyers y así me acostumbre.

Otra costumbre que cogí, y que no se me quito hasta llevar ya un tiempo en España, fue mirar en las papeleras. No rebuscar, pero si echarle un vistazo por encima por si encontraba algo aprovechable, y si lo encontraba, a la mochila!

Entre los pequeños tesoros que encontré destacan algunos:
Un gorro barbour nuevecito de mujer. Yo no lo quería para nada pero Jose pensó que se lo regalaría a su madre y a cambio me dio una camisa blanca que el no se ponía.
Un plano de Yemen. Así cuando vaya a Yemen ya tengo plano.
Y bajando por Picadilly en dirección a Hyde Park Corner una bolsa llena de … unas 30 revistas porno!! Día grande en el sector masculino de la residencia.
Como he dicho, todo cosas aprovechables…

Otras “cosas” que encontré en la calle fue a mis futuros compañeros de piso.

Desde hacia ya como mes y medio me juntaba con Fran y Andrés, gemelos, sevillanos y de mi misma edad y con Arturo, de Madrid y de 19 años.
A Fran y Andrés los conocí unos días antes de empezar en el restaurante, es decir, en mi esquina de la salida del metro de Gloucester.

Como ya llevaba un tiempo en Londres identificaba a los españoles a distancia. Estos se pusieron detrás de mi a ojear un plano justo en el poyete donde me puse a hacerme el bocata.
Como no se aclaraban me ofrecí a echarles una mano. Les habían dicho que por la zona había varias residencias y estaban decidiendo por donde comenzar. Les dije las que conocía y les aconseje que para que fuese mas rápido se dirigiesen a la central de la LHA en Victoria.
Eso hicieron, no sin antes comernos entre los tres el paquete de galletas que llevaba.
Al cabo de una hora vuelven tan contentos. Para Andrés había sitio en la Belvedere, a escasos metros y allí se dirigían a dejar los trastos para, posteriormente, marchar a la Leinster House, entre las estaciones de Qeensway y Bayswater, donde se alojaría Fran.

Como agradecimiento por la ayuda prestada me regalaron un paquete de galletas como el que nos habíamos comido antes y que habían comprado a propósito para mi. Todo un detalle.

Era normal que estuviesen tan contentos. Hasta ese momento se alojaban en una habitación de un piso de una familia hindú que dormía en el salón. Tenían que escapar de allí como fuese.
Me dijeron que cuando dejasen las cosas llamarían a España para dar las buenas noticias y ahí, en un acto de tío “enrollao”, les pregunto que como llaman y responden que desde una cabina de la forma habitual. Entonces les explico el sistema de por la pati… Los conquisté. Amigos hasta hoy.

Al cuarto en cuestión, Arturo, le conocí un par de días después que a los gemelos. En el mismo sitio pero en otras circunstancias.
El iba caminando de esa forma suya tan peculiar, despacio, como si fuese meditando algo transcendental en dirección al metro cuando de repente sale un negro corriendo perseguido por un blanco.
El blanco le coge y los dos caen al suelo a medio metro de Arturo que pega un salto a un lado como para que no le salpique la sangre.
En un instante se forma un remolino en torno a los dos tipos. El blanco sujetaba al negro, que según nos enteramos después, era un carterista y el blanco que se percató de que le estaba levantando la cartera se fue a por él y lo trincó.
Ahí los dos tirados en el suelo esperando a que llegue la policía, la gente alrededor y Arturo, que había terminado a mi lado, y yo nos ponemos a hablar.

Arturo era un personaje singular. Un poco inocente y sin maldad ninguna. Pero con poquita sangre, vamos, la justa para pasar el día.
No es que fuese perro para hacer las cosas, es que le daba igual hacerlas o no, si se lo decías lo hacia sin problemas pero de él no salía.

Trabajaba en un hotel cercano y hacía poco que se había ido a vivir con un compañero del trabajo y su novia. Lo malo era que los tres compartían la misma habitación… vamos, que esa convivencia estaba abocada al fracaso.

Por otro lado, en mi habitación habíamos tenido un cambio de inquilino. Nino nos había abandonado a Matt y a mi… sniff… sniff…
Para ser sinceros creo que tuve algo que ver…
Nino, aparte de un cachondo, era un tío responsable. Casi nunca salía a no ser con los de la residencia a algún pub cercano o se animaba en alguna fiesta en alguna habitación pero todo, dentro de un orden y sin tajarse casi nunca. Tenía su academia de ingles y su trabajo, siempre el mismo, y seguía sus pautas y rutinas con pocas modificaciones.

Yo, en cambio, era más de salir. Disfrutar mas el momento, ir a la academia de corazón y procurar que en el trabajo, si llegaba con resaca, no se notase mucho.

Un consejo para no tener resaca. Lo principal, no beber. Ya se que esto a veces es difícil y sin querer uno se lía… entonces cuando llegues a casa hay que comer algo tipo pan, arroz, pasta…

En ocasiones, puede que más de las aconsejables, llegaba un poco bebido y, aunque intentaba hacer el menor ruido posible, siempre despertaba a Matt y a Nino. Matt, quizá por esa flema británica, era más comprensible pero a Nino le iba molestando cada vez más.

Yo me deshacía en disculpas pero entre que la puerta se abre, se cierra, enciendes una pequeña luz en el lavabo, me comía unas rebanadas de pan de molde, luego te lavas los dientes, te quitas la ropa, se te caen las monedas de los bolsillos… en fin, lo normal.
Nino se ponía nervioso, al día siguiente estaba de mejor humor pero un día la lié…

Seguir leyendo, volver al índice