Con la llegada del año nuevo nos pusimos a buscar piso. Dos amigos canarios que conocí a través de Jose (por lo que me sentía un poco traidor) estaban buscando otros dos compañeros para compartir uno que acababan de coger en West Kensington. Les propuse si, de momento, mientras encontrábamos uno para nosotros, nos íbamos los cuatro Fran, Andrés, Arturo y yo con ellos y compartíamos gastos. Aceptaron.

Ahí finalizo mi primera etapa en la Holland. Meses después volvería pero ahora tenía muchas ganas de ir a un piso.

Para celebrarlo hicimos una fiesta de esas que se descontrolan un poco. Invitamos a gente de la Holland, de otras residencias, del trabajo… todo iba bien hasta que, ya un poquito tarde, la verdad, llaman a la puerta y alguien abre.
Como un huracán de Arkansas entra un tipo acordándose a voz en grito de todos los Santos ingleses y de la madre que nos parió. Se dirige donde estaba el radio-cassette con Los Chichos en su mejor momento y lo desenchufa de un tirón, sigue gritando y se vuelve a la puerta cerrándola de un portazo y rajando el cristal.

Nos quedamos “helaos” y dimos por finalizada la fiesta.
La verdad es que hace falta echarle huevos para entrar un tío solo en una casa como lo hizo aquel. Vamos, que a mi no se me ocurre ni loco meterme así en una fiesta de rumanos, jurando en arameo, quitándoles la música y rompiéndoles un cristal…

Lo mejor de aquella fiesta a titulo personal fue que conocí a Carmen la ombligo. La llamábamos así porque cuando se presento en la casa no la conocíamos y al quitarse el abrigo llevaba un jersey con la tripita al aire y comentamos “joder, como está la del ombligo”, luego nos la presentaron pero ya se quedo con Carmen la ombligo.

Carmen había llegado el día anterior a la fiesta junto con su amiga Mónica para hacer las dos un curso intensivo de ingles de cinco horas diarias durante un mes.
A ambas las invitaron los chicos de la residencia para que fuesen entrando en sociedad.

Con Carmen a los pocos días inicié un romance que se acabó antes que su curso pues un metomentodo al que llamaba su novio se presentó para estropearme la aventura.

Un aviso para todos/as aquellos que se quedan en España mientras sus novio/as se van a Londres una temporada. No es una broma ni una exageración, cortar vuestra relación. Si procede, ya la retornareis cuando vuelva.
No he visto más cuernos en toda mi vida.
De los tíos se puede esperar, va en nuestros genes, no es una excusa, somos así (el que lo niegue miente).
Pero de algunas chicas, que llamaban a su novio todos los días entre lágrimas y promesas de amor eterno y a los dos días las veías liadas con otro, te quedabas pasmao.

He conocido mas casos de los que puedo recordar y, como digo, yo mismo fui participe en algunos.

Jose se lió con Mónica pero mas por inercia que por otra cosa ya que no le gustaba mucho, bueno… poco, esto… nada, no le gustaba nada. El porqué los tíos nos liamos con tías que no nos gustan es otro misterio del género masculino pero es así (y el que lo niegue miente).
A mí, sin in mas lejos, me han tenido que sacar los colegas de algunas plazas, como si de Geos se tratara, para que no cometiese alguna estupidez de la que luego hubiese tenido que arrepentirme.
Y es que entre que si la noche te confunde, que si los gatos son pardos y que no haya tía fea sino copas de menos… a veces, liamos una…

Como decía, mi relación con la ombligo fue muy corta, apenas si llego a tres semanas y, para ser sincero, he de reconocer que de tema, tema tampoco hubo mucho pues entre que das el paso, que compartía habitación con Mónica, mi trabajo… y que cuando las cosas se empezaban a encarrilar llego el pesao del novio… en fin, menos tuvimos antes.

En el piso de West Kensington sólo nos quedamos una semana pues encontramos lo que a partir de entonces y durante dos meses sería nuestro hogar sweet hogar. Pasamos por todos los estados anímicos posibles y, lo mejor de todo, es que salimos de allí enteros.

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