24 de diciembre del 96. Nochebuena. Llevaba más de tres meses en Londres. Continuaba viviendo en la Holland con Jose y un tipo nuevo recién llegado, Jordi. Jordi era oriundo de Cornellá y más raro que un bicho de tres patas.

No tenia chispa, ni iniciativa, ni inteligencia… era muy parao y aunque los catalanes, por lo general, no sean la alegría de la huerta, bien podía haber sido tipo Eugenio o de esos con acento catalán muy marcado que se ríen de la idiosincrasia catalana a lo Buenafuente… pero no. Este era soso para aburrir.

Lo único bueno que saqué de él fue que me descubrió a Enya. Se había traído una cinta de la irlandesa y cuando me quedaba solo en la habitación la ponía tumbado en la cama y fumándome un cigarro. Mi momento relax.

Jose, Fran, varias de las andaluzas y muchos otros se habían ido a pasar las fiestas de Navidad a España. Entre algunos de los que nos quedamos decidimos organizar nuestra cena de noche buena. Al final nos juntamos nueve en el nuevo alojamiento de Arturo que, como se veía venir, la convivencia en la misma habitación de él, su compañero de trabajo y su novia terminó en desastre.

La chica que había sustituido a Mª Mar se iba a marchar y como sabia que Arturo deseaba cambiar pues se lo dije a Sara y esta le adoptó. Ahora Sara, la antigua compañera de Mª Mar y Arturo compartían habitación.

Además de ellos dos también nos juntamos Andrés, Cristina, Lola (la única de las andaluzas que se quedó) dos amigas de Sara, Jordi y yo.
¿Por qué vino Jordi? Había llegado hacia poco a Londres, no conocía a casi nadie y me daba palo dejarle solo en la habitación sin decirle nada…, sobre todo porque sabia que habíamos organizado una cena. Pues eso, que se vino a “alegrar” la velada.

Juntamos dinero y los chicos nos fuimos a hacer la compra. Si el mismo día 24 vas a comprar a las tres de la tarde es posible que o no encuentres nada o que haya algunas gangas de última hora. Este fue nuestro caso.
Buscamos un pavo, pues ninguno lo habíamos probado y encontramos uno de más de siete kilos rebajado a tan solo 5 libras (marcaba 25). Compramos viandas para el relleno, vino, cerveza, postre y una botellita de whisky para después.
Repartimos las bolsas y Jordi, al ir a coger una, se le cae al suelo con tan mala suerte que era la que llevaba la botella de whisky. Tres pares de ojos se clavan al instante en esa cara de pánfilo que solo acierta a decir “huy…, se me ha caído…” la diosa Fortuna estuvo de su lado. La botella no se rompió y todo quedo ahí. Pero bautizamos al pavo y aquel día siempre lo recordamos, no como el de nochebuena, sino como el día del pavo Jordi.

Ya de vuelta, quedaba cocinar el pavo. Lo embadurnamos de aceite y sal y lo rellenamos con limones, ajos y otras cosas y le hacemos una cama con patatas y cebollitas. Cuando lo vamos a poner en la bandeja para meterlo al horno, resulta que el pavo Jordi es tan grande que no cabe.
Tuvimos que amputarle los muslos y las alas. Esto por un lado y el cuerpo por otro a dos hornos diferentes.
Con paciencia y mucho calor se asó el pavo Jordi y lo llevamos a una mesa que acondicionamos lo mejor posible. Cada plato, vaso, copa, tenedor, cuchillo… eran de su padre y de su madre. Ni uno era igual a otro.

Cuando ya estaba todo preparado hicimos un brindis y, lo más curioso, es que no brindamos por nosotros, ni por conseguir un mejor trabajo al año siguiente, ni por la paz mundial… brindamos por nuestras familias. Por nuestros padres, madres y hermanos, por esa abuela que es algo más que una abuela… por las personas a las que de verdad quieres y que siempre están ahí. Aquella noche comenzó con un brindis y un nudo en la garganta para todos. Aquella noche, a pesar de estar a más de 2000 kilómetros de casa me sentí más cerca de ellos que nunca. Aquella noche hasta le cogi cariño a Jordi…

Y después de brindar a por el pavo Jordi. Tenía mejor aspecto que sabor, un poco seco, pero lo pasamos con vino y cerveza. Luego el postre y para terminar unos pelotis de whisky cola o calimocho mientras musiquita española sonaba para animar.
Al final, ya tarde, con la mezcla de vino, cerveza y whisky acabamos dobladitos y a dormir sobre moqueta que esa noche era noche buena y mañana navidad.

Para que el pavo Jordi no se pusiese malo con el calor, lo que sobró lo pusimos en la ventana para que el frío de la noche lo mantuviese bien (los frigoríficos eran compartidos y no cabía).

A la mañana siguiente alguien se despertó al escuchar un aleteo y descubrió que unas palomas estaban dando buena cuenta del pobre Jordi (el pavo, el otro durmió dentro…) con lo que parte de la comida de navidad se nos había arruinado.
Metimos a Jordi por si quedaba algo aprovechable pero nadie quiso comerlo después de lo de las palomas y nos llevamos sus restos, honrándolos, a la cocina y allí lo dejamos.

Por la tarde descubrimos que alguien de la residencia se había comido un trozo de Jordi, no sabíamos quien, pero el trocito pechuga faltaba. Nos miramos entre nosotros y creímos conveniente tirar lo que quedaba de Jordi para evitar intoxicaciones… pero luego lo pensamos mejor y decidimos dejarlo por si a otro le entraba “gusa”… y, al final, las chicas sin verle la gracia a que alguien pudiese enfermar, tiraron a Jordi definitivamente a la basura. Descanse en paz.

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