Londres, que todo lo cambia
A principios de febrero llegaron Tania y el Pifa. Andrés iría a buscar a Tania al aeropuerto. Había preparado la habitación para ellos lo mejor posible y entre todos le dimos un repaso a la casa para adecentarla un poco y que le causase buena impresión. Mucho amor debía sentir esa mujer para meterse en un piso con cinco tíos.
Intentaríamos ponérselo fácil.
Andrés estaba algo intranquilo por ver como se adaptaría pues, evidentemente, entre nosotros solo hablábamos español, excepto cuando estábamos de coña que imitábamos a Chiquito hablando en ingles… y Tania no sabía una palabra en español.
Ellos se conocieron el año anterior en el viaje de fin de carrera de Andrés que fueron a Praga. Luego, carteándose, mantuvieron la llamita y ella fue en verano un mes a Chipiona, que era donde Andrés veraneaba y desde entonces hasta febrero no se habían vuelto a ver, por lo que tenia un poco de miedo a la convivencia.
Por otro lado tampoco le hacia gracia decirle nada mas llegar como hacíamos la compra pero no tenia sentido ocultárselo, pues antes o después, lo descubriría.
Con el Pifa fue mas fácil. Llego con su mochilón a la espalda. Recibimiento, saludos, presentaciones…, le enseñamos cual seria su cama de la habitación compartida con Fran.
Le mostramos el resto de la casa y a la cocina que teníamos que hablar.
Como acababa de llegar a Londres no sabia ni como funcionaban los transportes, ni por donde moverse, ni nada. Solo sabía lo que debía pagar a la semana por su cama.
Le hicimos un curso rápido con lo más básico para moverse por la ciudad y las normas, en cuanto a limpieza y tal, de dentro de la casa.
Tras unos minutos sacamos la operación trucha…
Le hablamos de las fiestas y del buen ambiente que hay entre nosotros. Que somos como una familia y que, lo que tenemos, lo compartimos entre todos. Le decimos que si lo desea puede participar y hacer lo que nosotros hacemos o que puede comprar lo que él quiera que le haríamos un hueco en el frigo.
El Pifa lo flipaba un poco. Que nada mas llegar tus compañeros de piso te digan que para comer hurtan del súper no se lo esperaba pero como era un “tipo legal” no tuvo duda,
- Bueno, que prefieres, haces como nosotros o te compras tu propia comida?
- No, no, yo como vosotros…
Ahora ya si estaba el equipo al completo!
El Pifa era un tipo bonachón, y como el mismo confeso después, si acepto nuestro sistemas de compras era porque, recién llegado, temía que si no aceptaba le pusiésemos de patitas en la calle y no tenia donde ir. Pero pronto se hizo.
Londres, para los que viven como viví yo, es una ciudad de alternativas.
Ahora estas bien y sin saber como te salen problemas como champiñones.
Cuando las cosas nos iban medianamente bien a Arturo y a mi nos despidieron del trabajo casi el mismo día. A Fran, de su restaurante, unos días después.
A Arturo le despidieron por llegar tarde por decimoséptima vez. Si tenemos en cuenta que trabajaba dando los desayunos del hotel, el llegar tarde no estaba muy bien visto…
A Fran le despidieron por discutir con uno de los encargados del restaurante. No quiso contar lo que paso pero tampoco le afectó mucho pues estaba hasta los mismísimos de ese curro.
Y a mi me despidieron por listo. Ya conté el sistema de cobro que tenia el Marche. Al entrar te daban una cartulina y según lo que pedías te ponían un sello en dicha cartulina. Lugo, al salir, entregabas la cartulina y en función de los sellos que hubiese así te cobraban.
Pues bien, cuando venían amiguetes a tomar algo a la barra del barco me lo pedían a mi y yo les marcaba una limonada pequeña que era lo mas barato.
Hasta ese momento siempre funcionó porque solía haber bastante clientela y yo era un inconsciente. No imagine que los managers contrastarían la caja con las cartulinas y que verían que había varias con solo limonadas pequeñas, y ¿Quién era el encargado de los zumos? Pues dos más y yo que cubríamos esa sección por turnos.
Total, que un día viene un grupo de unos cinco o seis de la Holland y las niñas pedían vino y los tíos cerveza y yo venga sellar limonadas pequeñas…
Ian, el manager escocés, que debía estar con la mosca detrás de la oreja, espero a que el grupo se marchase. Cuando se fueron se dirige a la caja y pide las cartulinas.
Y yo “hay… que me han pillao…!”. Efectivamente. Ian se viene hacia mí con las cartulinas en la mano y me pide que le acompañe a su despacho.
Me dice que me ha visto servir cervezas y vinos y que solo he marcado limonadas, señalando los sellitos.
Me pregunta que qué haría yo en su lugar y le respondo que yo me daría un warning porque era la primera vez (esto no se lo habría creído ni mi abuela). Me dice que no, que eso era robar al restaurante y que estaba despedido.
Aun así intente venderle lo que me quedaba de Marlboro Light pero no estaba de humor…
Deje mi uniforme de marinero, me vestí y recogí mis cosas de la taquilla. Me marche apenado porque el sitio me encantaba, tenia línea directa con el metro y con todos los compañeros me llevaba bien, incluso con Ian, al que no le guardo ni ahora ni en su momento ningún rencor. Metí la pata yo solito.
De una tacada había perdido un buen empleo, una comida al día y la clientela del tabaco pues ya no iba a ir solo a vender como si fuese un camello.
Como ya llevaba tiempo fuera de la Holland tampoco estaba bien que me siguiesen mandando allí los paquetes con el tabaco por lo que les dije a mis padres que no me mandasen más hasta nuevo aviso.
Mis fuentes de ingreso perdidas.
Sólo tarde dos días en tener nuevo empleo y solo seis en que volvieran a echarme.
Lo que solía hacer para buscar empleo era decir a todo el que conocía que si sabían de algún sitio para currar. Cogía mi pound y a la cabina a llamar por la pati. Una vez hechas las llamadas a patearme todos los bares y restaurantes que me salían al paso.
Escrita el 7 de
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