El mes de junio fue ajetreado.
Había vuelto a mis orígenes, la Holland House de Victoria. En teoría no estaba permitido que los ex empleados de la LHA volviesen como residentes pero como me llevaba bien con el manager de la Holland, hizo la vista gorda y no puso objeciones.

Seguía trabajando en el pequeño restaurante de Chelsea. Compartía cocina con dos árabes que entre ellos hablaban en su idioma y solo cuando se dirigían a mi lo hacían en cristiano. No recuerdo sus nombres ni su país de procedencia pero si que a cierta hora, siempre que podían, paraban y en un rincón tiraban unas alfombras y se postraban a rezar. Si eso me pasase hoy día saldría corriendo con redecilla en la cabeza y todo…

Me contaron porque lo hacían y según ellos, si Dios les había dado los brazos, los ojos, una vida buena… porque se lo agradecieran durante 25 minutos al día (en cinco rezos) no era tanto.

Con ellos nunca tuve problemas. El mas joven de los dos, de unos 28 años, tenia el pelo con tirabuzones a lo Bisbal en versión negro zaino y el tipo se echaba aceite de oliva directamente al pelo y en una buena cantidad.
Decía que era lo mejor para cuidarlo. Yo pensaba “Siii…, vamos que te vas a comer tu mucho haciendo esa guarrada…” hasta que se ligó a una camarera del restaurante nórdica, alta, rubia y preciosa por la que me habría dejado cortar un dedo a cambio de un polvo con ella. Jodio moro lo que se llevó… normal que agradeciese a Alá.

También en ese restaurante descubrí que los ingleses no tienen los conceptos muy claros de lo que se puede comer y lo que no. Debía lavar patatas y luego pelarlas llevándome bastante patata. Esas mondas las freían y las servían de aperitivo bien crujientes, se llamaban Skin y tenían aceptación entre los lugareños. Lo que hay que ver…

Pero lo mejor del restaurante era que podía comer lo que quisiese y cuatro de cada cinco días, por propia voluntad, comía lo mismo. Unos pedazo filetes de autentica vaca británica. Luego paso lo de las vacas locas pero eso a mi no me afectó ni mu mu muuuucho meeenos.

En general estaba contento con el trabajo pero me hicieron una proposición que no pude rechazar. Nacho, el del frenillo residente de la Holland, me dijo que en un bar dentro de la estación de Waterloo había un puesto libre. El trabajaba en otro bar cercano y le preguntaron si conocía a alguien y me lo dijo a mí.

Me apetecía mas currar en un pub sirviendo pintas que lavando cacerolas y deshuesando pollos para la ensalada Cesar. Aparte pagaban un poquito más por hora y no estaría encerrado con dos moros todo el día sino que en el bar siempre éramos cuatro o cinco. Lo único malo era la comida, de daban un vale por un sándwich, un zumo y una fruta pero como el pub tenia bocatas, a veces, hasta me sobraba el vale.

Cambie de trabajo sin pensarlo. La entrevista la supere con la gorra. No solo respondía a las preguntas con fluidez, es que prácticamente adivinaba la siguiente pregunta. Que lejos quedaba aquella primera vez en el Marche…
Había hecho tantas entrevistas para la hostelería y eran todas tan similares que me podría haber entrevistado yo solo. Parecía que mi nivel de ingles era bastante más alto del que realmente tenía.

El bar se llamaba Bonaparte y estaba en la estación de Waterloo, cerca de la entrada del tren que va a Paris, a unos quince metros de los servicios públicos. Hoy creo que es una cafetería pero en el Bonaparte pasé algunos de mis mejores momentos.

Por otro lado, en la residencia ya no fue como la primera vez. De la gente de entonces quedaban muy pocos, solo Nino, Rafa, Raquel y algún otro y con los nuevos tampoco era como antes. Claro que estaba con Isabel y eso me frenaba a la hora de hacer el cabra. De todas formas siempre surgían cosillas.
Como la fiesta de los brasileños.

En la residencia vivían dos brasileñas y estas tenían unos compatriotas que hicieron una fiesta en su casa. La vivienda estaba cerca de la estación de Stockwell y allí acudimos lo menos quince de la la Holland. La casa era adosada de esquina con jardín trasero bastante grande y como estábamos en junio y la temperatura era agradable todo el mundo estaba fuera, en el jardín.

Llevamos montones de bolsas con cerveza que compramos entre todos y lo pasamos genial. Los brasileños pusieron su música, es decir, samba y aunque no tenia ni idea de cómo se bailaba, si tienes sangre en las venas, es imposible estarse quieto.

En aquella fiesta tuve un reencuentro muy especial. Andrés, uno de los sevillanos con quien compartí piso en Putney, había vuelto a Londres después de presentar su proyecto de fin de carrera en Sevilla.
Como yo medio mantenía contacto con Tania, su novia que se quedo, a través de ella nos pusimos en contacto y le dije que se viniese a la fiesta.

Quede con Andrés y Tania a la salida del metro pero por allí no aparecieron (os recuerdo que no teníamos teléfono móvil) y como iba con mas gente tampoco les podía retrasar por lo que me marché con los de la residencia pensando que ya vería a Andrés en otra ocasión. Pero cuando llevábamos un rato en la casa de los brasileños de pronto veo aparecer a Andrés y a Tania con una bolsa del súper y cara de despistados.
Me voy a ellos sorprendido de verles y nos damos un abrazo como si fuésemos los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic.

Les pregunto que como han llegado a la casa y responde Andrés:
- Por la providencia. Al salir del metro hemos llegado un poco tarde y ya no estabas, no sabíamos que hacer. Hemos esperado un rato por si tú también llegabas tarde pero nada. Al rato hemos visto salir a un grupo de gente que llevaba bebidas en bolsas y como tenían pinta de ir a alguna fiesta tiramos detrás por si venían aquí. Han llamado a la puerta y hemos entrado con de ellos pero sin saber si esta era la casa o si aquí había fiesta, ni nada…
- ¿Y si esa gente iba a su propia casa y os intentáis meter detrás de ellos?
- Uff, menudo corte entonces, no?

Que grande!!, y así era, en todas las fiestas había mucha gente que los anfitriones no conocían de nada. Aunque de esto ya hable anteriormente.
Me gustó reencontrarme con Andrés, hoy es uno de mis amigos íntimos pero entonces era solo un amigo y aquella noche fue la última que nos vimos en Londres.
Le presente a Isabel y a los demás y allí echamos la noche.

Hablando de situaciones extrañas y de cosas raras. Me viene a la cabeza que en la anterior historia os conté de ese lugar dejado de la mano de Dios donde todo ser viviente se ponía de maría hasta las cejas, verdad?
Pues no fue el único local que conocí de esa ralea. Es más, de este que os voy a hablar era español y no se encontraba en alguna zona alejada del centro, no, se encontraba en pleno Soho y de nombre Abre Pepe. La única diferencia es que en este no estaban permitidas las drogas.

Seguro que algún español de mi época lo conocía pues era el cutre bar mas autentico entre los garitos españoles. Si alguien de los que leen esto lo conocía que diga si no era exactamente como lo voy a describir.

Que era ilegal y que no tenía permiso ni para dar la hora lo sabíamos todos los que allí nos adentrábamos. Por lo tanto no esperábamos que tuviese ni salida humos, ni salida de emergencia… las únicas salidas eran la puerta por la que se entraba y la gordita que siempre estaba allí echando unos piropos que sonrojarían a un albañil de Badajoz.

La dirección exacta no la puedo dar, bueno, ni exacta ni aproximada pues acudíamos al Abre Pepe cuando no nos quedaba un duro, a las tantas de la noche o tan tajaos que no nos dejaban entrar en otro sitio.
Como se tomaba la decisión de ir a tan augusto bar solía ser algo así:
Al salir del local que fuese, el grupo en cuestión, barajaba las posibilidades…
- ¡Bueno que! Vamos a tomar la última o a casa…- se abría el debate.
- ¿Y donde vamos a ir ahora?- preguntaba el del vaso medio vacío.
- Mejor si nos volvemos, no?.- las chicas responsables.
- Que nooo, vamos a otro sitio… – la animá de turno.
Y siempre el indeciso:
- A mi…, lo que decidáis…
Otro:
- Vamos al nosecual… (que estaba a tomar por saco y que en la entrada te cobraban una pasta…)- reproches varios.
- Claro, mira el millonario, porque no vamos a la Ministry of Sound y pagas tú la entrada de todos…
Así entre dimes y diretes hasta que uno saltaba:
-¿Por qué no vamos al Abre Pepe?
- ¿Al Abre Pepe?, ¡Amos no jodas…!
Y como siempre había alguien que no había estado nunca:
- ¿Qué es el Abre Pepe?, ¿Esta bien?
- ¿Bien? Es un clásico, música española, San Miguel… tienes que conocerlo, venga vamos!

Los que ya lo conocíamos aceptábamos pulpo y marchábamos al lugar.
Como buen bareto ilegal ni una sola pista de que tras esa vieja puerta se escondía el crápula-templo.
Que conste que en un club tan selecto no siempre abrían y entonces te marchabas por donde habías venido. Pero siempre había que insistir. Llamabas y esperabas, llamabas y esperabas. Entonces abrían la puerta una miejita y desde el otro lado un tío medio cabreao te decía “¿Qué queréis?” y debías responder solo dos palabras “Abre Pepe”. El tío abría un poco mas la puerta y miraba a los posibles clientes y solo si le parecía bien lo que veía te dejaba pasar con su frasecilla de bienvenida “Pero tenéis que consumir, eh?” y todo el mundo pa’dentro.

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