Anteriormente explique como cerca del metro de Gloucester se hallaban varias residencias, unas mixtas y otra solo femenina.
Al estar plantado cinco horas al día de lunes a viernes en el mismo punto a la entrada del metro, es normal que la gente que pasa habitualmente por ahí te conozca aunque solo sea de vista.
Si le añades que tenia cierta facilidad para entablar conversación y un punto de simpatía, con la cantidad de personas que pasaban por ahí enseguida conocí a un buen montón. Ni que decir tiene que todas las que conocí eran españolas lo que no me ayudaba mucho a mejorar el ingles pero mejoraba, y de que manera, mi vida social.

De las cinco horas de trabajo gran parte las pasaba acompañado pues se iban unos/as y llegaban otros/as.
Hay que indicar que la estación de Gloucester, para todo el que no la conozca, es muy coqueta, de hecho al principio me llamaba la atención que los turistas le hiciesen fotos.
Tiene un hall en el que están las maquinas expendedoras, la cabina y los tornos de acceso, luego bajas unas escaleras y te diriges al anden correspondiente.
Pues bien, el hall se considera metro y yo tenia que estar en la calle pues en el metro esta prohibido repartir publicidad, como bien se encargaban de recordarme los empleados del chaleco naranja. No podía estar un paso mas atrás, bajo cubierta, junto al poyete donde me hice el bocata, no, tenia que estar fuera del hall, pegado, pero fuera.

Como estábamos terminando septiembre algunos días eran muy fríos y entonces me pasaba un montón de tiempo escaqueao en el Burguer King de enfrente con las visitas tomando un café que a mi me sabia a Gloria Bendita. Y no es que el café del Burger King este rico que ya sabemos todos que no, es solo que el prisma con el que valoramos lo que tenemos es inversamente proporcional a las circunstancias económicas en las que vivimos.
Cuando tienes poco cualquier cosa te hace ilusión y la aprecias. Es decir, de estar solo, de pie y con frío a estar acompañado, sentado y calentito mediaba un abismo.

Como digo la gente iba y venia, unos paraban mas y otros menos y con el paso de los días fuimos cogiendo confianza.
Había un grupo de chicas alojadas en la residencia de monjitas que mas tarde llamaríamos “las andaluzas” y que aunque en su mayoría habían llegado por separado en la residencia habían hecho piña.

En total eran seis, tres de Jerez, dos de Sevilla y otra de Córdoba. Tenían ese arte tan suyo para hablarte como si fueras un “niño chico”.
Aunque por su forma de ser eran muy sencillas y agradables, por su vestimenta, comentarios de sus vidas, la residencia religiosa solo para chicas y que ninguna trabajase, enseguida note que eran niñas con pasta.

Sus padres las habían mandado a estudiar ingles y pensaron que al alojarlas con las monjas se portarían mejor (se me pone una sonrisilla cuando escribo esto…).

Ya, tu sácalas de su ambiente y su ciudad donde la gente las conoce y mándalas fuera, a Londres, una ciudad aburrida claro…, donde solo tienen que estudiar sin trabajar para mantenerse porque no les hace falta y les deja un montón de tiempo libre, con veintipocos años, guapas y con ganas de divertirse, como es normal…
El resultado es… que las niñas no paraban!!! Y entonces, un día, me invitaron a una fiesta en una casa particular y a partir de ahí mi vida se volvió muy “amena”, lo contare en la próxima historia… ahora estábamos en que me encantaba el curro por conocer a gente.

Una de las personas de las que mejor recuerdo guardo de aquella época se llamaba Cristina y era asturiana, de Gijón. Era un encanto de chica, súper hippie y muy buena con todo el mundo.
Vivía en la residencia de las monjas y era amiga de las andaluzas. Era como la loca de Phoebe de Friends, viviendo a su manera en su mundo.
Me encantaba estar con ella. Era 50% relajada y 50% loca y cuando estaba relajada y hablaba te llenaba una sensación de paz, pero cuando estaba en una fiesta sabia divertirse…
Nuestra relación fue solo de amistad y nunca paso nada entre nosotros.

Cuando ya llevaba varios meses en Londres, algún domingo me gustaba marcharme solo a Camden y alguna vez coincidía con Cristina y pasábamos una tarde muy agradable.

Precisamente en Camden la vi una vez de espaldas comprando algo que es como unos cacahuetes tostados cubiertos con lo que podría ser ¿miel? nunca los probé y los tienen dando vueltas calentitos con un palo de madera. Luego los sirven en un cucurucho.
Bien, Cristina compro uno de estos, siguió la calle y se acerco a un homeless que estaba sentado en el suelo cubierto con unas mantas, yo permanecía a unos 5 metros detrás de ella observándola intrigado. Cruzo un par de palabras con ese hombre, le dio el cucurucho y siguió caminado.
Entonces me acerque y la saludé, le pregunte porque le había dado los cacahuetes y me dijo que le había dado pena y que los cacahuetes le gustarían.

Ya se que no es una gran obra pero me pareció un detalle precioso.
¿Cuántos de nosotros pasamos mirando a otro lado? Como ese detalle tuvo otros de los que fui testigo.
A las buenas personas se las identifica por sus actos y su mirada y en ella nunca vi un mal gesto ni una mala mirada.
Hoy vive en Gijón y trabaja pintando y maquillando cuerpos desnudos para fiestas a go-gos, gente de la noche o modelos… la vi un día por la tele en la sexta en vidas ajenas. No me sorprendió, la vi tan feliz como siempre.

Durante ese mes que estuve repartiendo propaganda conocí a mas gente, entre ellos a Fran y Andrés, de los que ya hablare mas adelante y con quienes me fui a vivir a un piso y hoy siguen siendo dos de mis amigos íntimos.
A Arturo, que con 19 años soñaba con ser escritor y que también se vino al piso y hoy ya tiene publicado su primer libro…

En definitiva, gente de autentica valía.

Por eso, aunque mi trabajo fuese cutre y mal pagado, por la gente que conocí gracias a él me pareció maravilloso. Algunas de estas personas todavía están en mi vida y hoy sigo disfrutando de su amistad, 13 años después, por un mes repartiendo publicidad.

Seguir leyendo, volver al índice