Desde la llegada del Pifa y Tania no habíamos tenido una fiesta como Dios manda y los inquilinos de la casa teníamos una reputación que mantener.
Aquella fue la última que tuvimos en esa casa, más adelante contaré porqué tuvimos que dejar el piso, fue una fiesta memorable, de las mas divertidas, salvajes y raras en las que estuve y fueron muchas… la fiesta la recordamos como la del “talego, talego”.

Conseguimos por el sistema habitual bastante bebida, el Pifa se aprovisionó de lo suyo e invitamos a todas las chicas conocidas y a los amigos. Al final llegamos a ser unos 140.
En la habitación de Andrés y Tania, que era la mas pequeña, metimos todo lo que pudimos y la cerramos. La del pifa y Fran la reservamos para los mas íntimos con un cartel en el que se podía leer “acceso restringido” y para intentar que hubiese un orden tuvimos un segurata que acabo tajao, tajao… ese segurata fui yo mismo.

Me puse una bomber verde que en aquella época se llevaban y una identificación que me dieron en aquella academia a la que no pude ir pero que tenía mi foto. Tapamos todo lo demás con un trozo de papel y nos curramos una tarjeta de security staff.
Iba enganchada de la solapa del bolsillo de la cazadora y daba el pego.
La gente reacciona de forma diferente cuando ven a alguien de “uniforme” que sin él. Curioso pero es así.

Cuando llegaban los invitados al principio los recibía en la puerta, a casi todos los conocía pero a los que no se sorprendían de ver a alguien con una tarjeta de security y no sabían si iba de coña o en serio…

Por allí aparecieron las andaluzas al completo, Jose con los de la fiesta de Lisa (Lisa incluida), Gloria con sus compañeras de habitación, una de ellas japonesa, por cierto, si queréis oír algo gracioso pedidle a una japonesa que te cante la canción de Heidi en japonés, te tronchas, Eloy el gallego, las brasileñas de arriba, Salva el valenciano que se había mudado de la residencia de universitarios a una casa de gallegos. Casa a la que a veces íbamos a ver partidos de futbol españoles pues tenían el canal internacional de TVE.

Contaré una anécdota que me pasó en esa casa. Como digo en ocasiones iba a ver partidos allí y en la casa vivía una familia al completo de gallegos, abuelita de unos 90 años vestida de negro incluida.
Alquilaban unas habitaciones que tenían vacías para sacarse un dinerillo y en una de esas habitaciones vivía Salva. La tele estaba en la cocina y allí se pasaba las horas la abuela que era muy agradable y te trataba como si fueses de la familia. Lo malo es que solo hablaba gallego y entre eso y la edad pues apenas la entendía. Intentaba responder cuando me preguntaba más por contexto que otra cosa hasta que un día no le pillaba una… y la mujer me lo repetía y yo le decía que no la entendía pero la señora creía que no entendía el significado de lo que decía y no que no entendía gallego. Ya le tuve que decir:
- Vera señora, es que yo no entiendo el gallego…
- ¿Cómo?, ¿tú no eres gallego?
- No, soy de Madrid
- Entonces, como hemos estado hablando en gallego todos los días…

Resultaba que la pobre mujer ya no veía muy bien y en la casa vivía un gallego llamado Miguel igual que yo, y él si hablaba en gallego con la abuela siempre y yo, que solo iba al partido, pues la mujer se liaba un poco… pobriña, que maja…

Salva acudió con Miguel el gallego y este se trajo una guitarra. Yo no soy de guitarreo pero ese tío tuvo su éxito…

Todo iba fenomenal, bebida no faltaba y Miguel el gallego sacó su guitarra. Durante un tiempo se hizo el rey de la fiesta cantando unas coplillas con las que te partías. No se si se las sabía o se las inventaba. Cuando ya estaba todo el mundo animao él iba dando paso diciendo “venga fulanito” o “la niña del pañuelo” y acompañaba con la guitarra. Las coplillas eran, mas o menos, de cuatro estrofas y como te las inventabas sobre la marcha apelaban al ingenio de cada uno y ahí su gracia. Podían ser algo del tipo:

Estamos en Londres
Aquí junto al río
Y a mí hasta los cojones
Se me hielan del frío.

Y luego venía todo el mundo a coro “taalego, taalego, taalego, taalego, talego, talego…”
Pues esta chorrada, cuando coges el puntillo y la peña esta ocurrente te desconojas.

En general todo iba bien aunque tuvimos algún incidente en el que el “segurata” tuvo que intervenir como un tío que nos vomito en el lavabo y lo atascó. Tuve que meterme con él en el baño y decirle que lo desatascara y como no estaba muy por la labor, le dije a Andrés que pasara, ya el tipo cedió y metiendo la mano en el vomito y moviendo la compota que taponaba el desagüe lo pudo solucionar.
Otra fue un tipo que se puso un poco tonto por el alcohol, que no sabíamos quien era y al que tuve que echar a empujones de la casa.

Pero quitando este par de incidentes sin importancia la cosa fue bien.
Si te comportabas no había problemas, como cuando veo a un negro que estaba sentado en el suelo tomando una cerveza. Como no conocíamos a ningún negro le pregunte que con quien había venido. El tío era el conductor del cab que había traído a unas chicas y como se enteró de que había fiesta subió.

Aunque lo más espectacular llego al final. Ya habíamos echado a casi todo el mundo excepto a los que se iban a quedar a dormir, unos 20. Y en mi habitación, en mi propio colchón al que luego tuve que dar la vuelta, una tía que la conocía Andrés casi de vista y que estaba como una jaula de grillos, se lía con un tipo y empiezan a echar un polvo delante de unas diez personas pero en pelota picada y sin taparse ni con una bufanda.
Yo eso no lo ví, me lo contaron al día siguiente, porque estaba tan perjudicado que me fui a dormir a la habitación reservada con las andaluzas, el Pifa y sus porros y la verdad es que no recuerdo con quien más.
Que se entienda que eso de dormir no era acostado en una cama con el pijama puesto… era apoyados unos sobre otros, donde cabías y de cualquier manera.

A la bien avanzada mañana siguiente, la loca del polvo se empeña en ayudarnos a limpiar y se pone a pasar la aspiradora sólo, y esto es literal, sólo con una chaqueta. Yo estaba intentando preparar algo en la cocina mientras Eloy recogía cuando este me agarra del brazo y me dice “¡Mira eso!”, la loca del polvo, que estaba como una regadera, pero tenía un cuerpo de escándalo, al final del pasillo al agacharse lo más mínimo para llegar con la aspiradora se le veía todo el potosí. Eloy y yo lo flipábamos.
- dile algo, no?
- díselo tu.

Ya no sabíamos donde mirar, bueno… si sabíamos pero tampoco era plan estar ahí babeando… en esto llega Arturo y dice todo alterado:
- ¡¡ Hey, habéis visto la…
- Si, si, si… para, y tómate un cola cao, anda.

La fiesta del talego, talego, inolvidable.