Tres en una
Como pensábamos que en nuestro palacio de East Putney íbamos a estar mas tiempo del que finalmente estuvimos se nos ocurrió, tras 15 segundos de debate, dar de alta una línea de teléfono pues el aparato ya lo teníamos en casa.
De ir a gestionarlo se encargaron el Pifa y Arturo… madre mía…
Fue Arturo el que se puso de titular de la línea por veteranía tanto en el piso como en Londres y también, claro, porque como no tenia dotes de vidente no pensó que quizá le pudiese traer algún problemilla en el futuro…
Tuvimos teléfono solo un mes, como de mediados de febrero a mediados de marzo y al principio tenía poco uso y era casi en exclusiva para recibir llamadas o hacer solo locales.
Pero cuando decidimos que nos íbamos del piso y tuvimos claro que la BT no vería un pound, la cosa cambio.
Como en casa casi siempre teníamos visita , no solo nosotros llamábamos a España y Tania a Praga, los últimos días llamaron hasta las brasileñas, no falto Eloy, Gloria, las andaluzas, Jose… teníamos barra libre en telecomunicaciones…
Abreviando, como un par de días antes de marcharnos del piso recibimos la factura. Arturo debía 864 libras esterlinas de curso legal.
A día de hoy sigue sin estar abonada y no se si cobraran intereses, pero si es así, tras doce años, mejor que no intente dar de alta otra línea con la BT.
Arturo, que a sus 19 años, había tenido sus más y sus menos en el plano sexual todavía no había llegado hasta el final. Eso tenía los días contados.
En una de las academias a las que íbamos conoció a una sueca de su misma edad y, por lo que luego contó, puede que con su misma experiencia.
Quizá os sorprenda que haya dicho “academias a las que íbamos…”, pues sí señor, íbamos a aprender inglés. Como estábamos sin blanca pero todo el día en la calle fuimos conociendo unas academias donde los profesores estaban en training.
Las clases eran unas gratis y en otras se pagaba un pound y, lo mejor, es que en algunas al terminar daban galletas y pastas con café y te. Luego, por una libra aprendías ingles, conocías tías y merendabas. No podía estar mejor invertido ese dinero.
Un día suelta el Pifa que podíamos escribir un manual titulado “London by the face”.
Volvamos con Arturo.
El día que el muchacho se trajo a la sueca estábamos el Pifa y yo en la cocina viendo Los Simpson en una tele pequeña, en blanco y negro, que Fran se había encontrado junto a la basura y que subió a ver si funcionaba. Le habíamos hecho unas antenas con alambres y todavía daba su servicio. Por cierto, que sepáis que Los Simpson en inglés y sin color pierden toda su gracia.
Hablando de la tele, ahora vuelvo con Arturo, nos llama un día un tipo a la puerta y nos dice, con toda su cara, que pertenece a no se que organismo y que tenemos que pagar por ver la tele, ¡¿Pero estamos locos o que?!. Nos dejó un papel que era como un aviso y dijo que debíamos pagar. Vamos que casi le estampamos la tele en la cabeza. Claro, que sabéis tan bien como yo el dinero que vio ese.
Pues eso, que Arturo se trae a la sueca y la lleva a nuestra habitación. Van pasando los minutos y el Pifa y yo intentando cogerle la gracia a Moe cuando llega Arturo preguntando si teníamos condones. Condones nos sobraban, siempre cogíamos, cargados de optimismo, la caja grande, lo que nos faltaba eran voluntarias…
Le damos una ristra (no sabíamos ni nosotros ni él la potencia que tendría) y se marcha medio corriendo a saltitos a la habitación.
Cuando terminan Los Simpson, que tostón, nos vamos a la habitación del Pifa, que estaba pegada a la mía, a ver si escuchábamos algo. A través de la pared nada. Al Pifa se le ocurre ir a mirar por la cerradura que era de esas antiguas de las llaves gordas que, evidentemente, no funcionaba pero si mirabas por el agujerito se veía la habitación.
Tampoco hubo suerte pues lo que se veía era mi cama que estaba frente a la puerta mientras que la de Arturo estaba en la otra esquina.
Le pregunto al Pifa tumbado desde la cama:
- ¿Qué?, ¿se ve algo o no?.
Para ser sinceros, si se viese carne seguro que me acerco.
El Pifa no contesta pero seguía intentándolo, en esto que a través de la cerradura aparece un cuerpo que va a abrir la puerta. Fue digno de ver como el Pifa pegó un salto en plancha como un tigre y aterrizo sobre su cama con la postura de la maja desnuda.
Arturo abre la puerta y sale en calzoncillos y al pasar por delante de la habitación nos ve a los dos tumbados y pregunta:
- ¿Qué hacéis aquí?. – y nosotros…
- Nada, que estábamos cansados de estar sentados en la cocina y hemos venido a tumbarnos un rato, ¿y tu?, ¿Qué tal?
- Bien, bien…, voy a por papel al baño…
- Venga figura…
Y se marchó a por su papel. Ya no incordiamos más y Arturo tuvo su final feliz.
Cuando la chica se fue a marchar, Arturo, que también era todo un caballero, la acompaño hasta el portal, le indicó donde estaba el metro y subió corriendo a contarnos la experiencia.
No fue nada espectacular, la chica no colaboró mucho y otras cosas íntimas que, por supuesto, él si contó pero yo no voy a repetir. Nosotros le animamos y le confesamos nuestra intentona voayer y Arturo, moviendo la cabeza de derecha a izquierda:
- Que cabrones…, mira que lo pensé y a punto estuve de meter papel en la cerradura pero por no explicarle a la otra lo que estaba haciendo y por qué…
Esta fue la primera vez de Arturo y aunque no teníamos un pavo nos fuimos a tomar unas pintas al pub para celebrarlo.
Escrita el 13 de
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